jueves, 11 de junio de 2009

UN TRISTE FINAL.

Es muy difícil determinar si la ancianidad y el mal carácter son connaturales, pues uno ha conocido a viejecitos y a viejecitas refunfuñones como ellos solos; así como la contraparte, a viejecitos tan buenas gentes que parecen un dulce. Los primeros hacen más amarga su propia existencia. Posiblemente sean actitudes inconscientes y puede ser que algunos sean capaces de sólo aparentar una actitud u otra.

Pero de lo que estoy seguro es de que mi vecino, Don Daniel, es un caso muy especial. Es un anciano octogenario encorvado de espalda, piel morena curtida por el sol, que se niega a ser tratado con atención y amabilidad. Cuando viene a comprar a mi tienda suelta por delante la palabra ríspida o el reclamo: ¡quiero cinco pesos de queso!... ¡del bueno, aunque me cueste! O bien ¡ya le di el envase a su criada! Refiriéndose a la empleada de mostrador.

Claro que tiene el agravante de su sordera, nada escucha, y uno se queda con las ganas de darle una explicación o cuando menos decirle una palabra suave que sirva de consuelo a sus penas. Lo más cierto y penoso es que el pesado fardo de sus años lo ha doblado materialmente como su propio bastón y yo me pregunto si la causa real haya sido una enfermedad, deficiencia ósea o el peso de su conciencia, porque su hijo ha contado rasgos de una vida truculenta durante su juventud.

Por lo que se ve, de un tiempo para acá Don Daniel ha vivido de la caridad pública: pero tiene sus donantes seleccionados porque se cuida de no pedir por el vecindario y en cambio, cuando podía, se encaminaba diariamente hacia el centro de la ciudad. A veces venía a la tienda a cambiar morralla por billetes que se guardaba cuidadosamente, dejando sólo lo necesario para sus infaltables cigarrillos Delicados, para su veladora y su refresco.

Alguna vez que lo sorprendí contando y guardando sus billetes quiso darme una explicación innecesaria: –- Yo no pido ni robo, yo trabajo.- ¿En dónde trabaja?, le pregunté. –-En Tetelcingo, me contestó. ¿Y qué hace? --curando jumentos, dijo don Daniel.

Sobre su origen sólo sabemos que no es de por acá, llegó quien sabe de donde con un hijo inválido ya mayor de edad. Respecto al trato entre ellos, es muy extraño, parece que cada quien busca su sustento por su lado, cada quien se rasca con sus propias uñas, aunque habitan un mismo cuarto que un señor caritativo les presta sin cobrarles renta.
Dos cosas me impresionan de Don Daniel: su triste soledad rayana en lo dramático y su estoicismo.
Duele verlo cada día más viejo y más inútil, ausente, sin una voz familiar que lo consuele; sin un servicio asistencial que lo auxilie, sin una pensión por mínima que fuera. Cuando sale a buscar su comida, camina unos veinte metros y se sienta en la banqueta a descansar. Duele verlo arrastrar su vida.

Pero ni una queja explícita, sin doblegarse; sin pedir tregua en su heroica lucha contra el tiempo. Valiente, estoico, de pie al encuentro de su triste final.

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