martes, 28 de abril de 2009

Chinicuas

Escrito por el Profesor
Francisco Moreno Jaramillo
(finado)


Por mucho tiempo contuve mi deseo de narrar este episodio negro de la educación en México, pero viendo cómo ha aumentado la corrupción en todas las áreas de la vida en el país, considero no solamente necesario sino urgente, dar a conocer lo acontecido en la zona escolar de Atlacomulco, estado de México, a fin de que quienes tienen autoridad hagan lo necesario para castigar a los funcionarios corruptos, y que el magisterio recupere los valores que como maestros debemos poseer para forjar un “mexicano nuevo”: honesto, justo, veraz e incorruptible.

Al personaje de este relato le vamos a dar su nombre de pila, el verdadero: Felipe, y el apellido paterno, el auténtico: Jiménez; pero no daremos el apellido materno por respeto a una mujer que debe haber sufrido mucho, no solamente al parirlo sino también al criarlo, porque Felipe debió haber sido en su infancia como ya adulto, (genio y figura…): socarrón, bribón, malvado, envidioso, sinvergüenza, etc.; características que una madre detecta en sus hijos, y al pretender educarlos sufre cuando éstas persisten, pensando en cómo será en la vida si ella no puede corregirlo. Habría sido bueno que Felipe Jiménez hubiera nacido por “generación espontánea”, y en este caso podríamos afirmar sin mala fe ni doble sentido, que Felipe Jiménez “no tenía madre”.

Las características de bribonería de este personaje no son exclusivas suyas sino que las comparte con otras muchas personas de su misma calaña, incrustadas en todas partes, lo cual no es simple coincidencia, sino una cruel realidad que de alguna manera se debe corregir. Gordo, chaparro, medio calvo, cara redonda, con mejillas y nariz boludas y rojizas, la cabeza metida en el tórax, pues no se le veía el cuello; los brazos caídos a los costados eran cortos y con las manos cortas también, pero regordetas y las piernas cortas y los pies pequeños, daba la impresión de ir a caerse o a rodar por el poco sustento que parecían darle los pies. Los indígenas mazahuas de la zona escolar de Atlacomulco lo conocían como “Chinicuas”, nombre que dan en su lengua a los hongos de llano que proliferan alrededor de los excrementos de los burros en la época de lluvia, y por esta razón, en español, ellos, los indígenas, les nombran también “pedos de burro”. Además de que el Inspector Escolar les era repulsivo como persona, su figura, la de Felipe Jiménez, concordaba exactamente con la figura de los hongos que ellos en su lengua, llamaban “Chinicuas”. Así que para los indígenas mazahuas, y para quienes lo identificaban con el hongo”Chinicuas”, era también Felipe Jiménez esto es, la misma persona.

A la zona escolar de Atlacomulco pertenecían: la Esc. “Rafael Fabila” establecida en la cabecera municipal, y las establecidas en Santiago Casandeje, Sta. María, San Francisco, La Jordana, Bassaco, Atotonilco, Bombatevi, Cuendo,Cote, San Pedro del Rosal, El Salto, Manto, Chalchihuapan, Santiago Acuitzilapan, Santo Domingo, Shomeje, Tecoac, Toshi y algunas otras rancherías; solamente dos comunidades tenían escuelas de organización completa. Algunas otras, de cuatro a cinco maestros y todas las demás tenían escuelas unitarias. A excepción de la escuela de Atlacomulco, todas las demás eran de comunidades mazahuas.

Felipe Jiménez visitaba escuelas solamente dos o tres días de la semana, aunque siempre estaba los días sábados en Atlacomulco para atender los “asuntos” de las comunidades. Pero prefería visitar las escuelas en que había designado maestras y eran unitarias, para revisar el libro de inscripciones, las listas de asistencia, los archivos de la escuela y como procuraba llegar después de las cuatro de la tarde y los niños salían de la escuela a las cinco en punto, después de esta hora trataba de revisar a la maestra, a quien con amenazas obligaba a aceptar proposiciones deshonestas.
Algunas de estas maestras se salían de la escuela para refugiarse con alguna de las familias más cercanas; la comunidad se daba cuenta de esta situación, que por supuesto reprobaba y, en defensa de su maestra, cuando llegaba “Chinicuas” se corría la voz: -¡llegó Chinicuas!...¡llegó Chinicuas!...
A esta voz las madres de familia llegaban a la escuela para defender a la maestra sin decir una sola palabra en español, pero con su presencia Felipe Jiménez tenía que tomar su inseparable portafolio lustroso y gordo como él, y se retiraba.
Las madres de familia tomaban el camino de su casa y comunicaban a gritos a sus vecinas más alejadas: -¡Ya se fue Chinicuas!...¡Ya se fue Chinicuas!... La comunidad se volvía a la normalidad para alertarse nuevamente al siguiente intento.

Pero el hombre era tenaz y el tiempo no le importaba, esperaba nuevas y diversas ocasiones y entre otras trampas para que cayera la víctima, por ejemplo, esperaba el final del año escolar en que la maestra tenía que rendir una documentación de fin de cursos, a la que le ponía todos los peros hasta que insinuaba a la maestra que eso se resolvería si aceptaba su proposición y en caso de negarse la obligaba a entregarle, a cambio de recibirle la documentación, el valor de una quincena o más.

Así Felipe Jiménez lograba sus malvadas intenciones o salía ganando económicamente, este es solamente un ejemplo, pues el “Chinicuas”, intentaba todas las posibilidades de lograr una u otra cosa.

Se preguntará quien esto lea, si los hombres por su condición masculina estaban a salvo de “Chinicuas”: pues no, como veremos a continuación :
Para acabar con el analfabetismo el gobierno federal estableció plazas de alfabetizador con cincuenta pesos mensuales como salario. Froilán, alumno mío de sexto grado fue nombrado alfabetizador en Cuendo, población indígena situada a unos cuantos kilómetros de Atlacomulco. Debía llegar antes de las siete de la noche, y atendía por lo menos a veinte alumnos hasta las nueve, hora que regresaba a Atlacomulco. Al iniciar sus actividades me pidió que lo orientara en el uso de la cartilla de alfabetización, en lo que debía hacer con los que no entendían el español y en la elaboración del material didáctico que hacíamos en la hora del recreo.
Entusiasmaba a Froilán el avance de sus alumnos, pero le deprimía que pasaron dos y tres meses sin que le pagaran, fue hasta después de los tres meses que lo citó el Inspector escolar un sábado para pagarle. Al siguiente lunes noté que Froilán estaba un poco deprimido y a la hora del recreo se acercó a mí para que como era la costumbre, le ayudara a preparar material didáctico para su clase de esa tarde. Al estar trabajando le pregunté: -¿Qué pasó, ya te pagaron? –Si profe, pero en el volado me tocó solamente la mitad.
-¿Volado? Pues no debiste jugar volados con tu sueldo.—Es que no había de otra, el Inspector me dijo: echamos un volado, si gano yo, te pago la mitad, y si ganas tú, te pago todo. Echó la moneda al aire el Inspector y me tocó solamente la mitad.
-¿Y así fue con todos los alfabetizadores? Pregunté.—Así fue con todos, algunos recibieron completo, pero la mayor parte recibieron la mitad y es que el “Chinicuas” tiene buena suerte. De los más de cuarenta alfabetizadores quedó en el bolsillo del Inspector, mediante los volados, más de tres mil pesos de aquellos de a ocho cincuenta por dólar, a costillas del miserable salario de los alfabetizadores.

Pero eso no es todo, tanto los alfabetizadores como los maestros de grupo, estos últimos más de 85, teníamos que alfabetizar y en el área mazahua había no sólo analfabetas sino también personas que únicamente hablaban su lengua materna y los maestros teníamos que enseñar el español en los primeros seis meses pero algunos tardaban hasta un año para obtener el vocabulario base para poder alfabetizarse. Los analfabetos que asistían regularmente y que su capacidad intelectual daba para que aprendieran no faltaban a clases, solamente que éstos eran minoría entre los campesinos e indígenas de quince a cuarenta años que aparecían en los censos de cada comunidad y el Inspector Escolar exigía a todos los maestros que enviaran las listas de los analfabetas que no asistían al Centro de Alfabetización.
Para obligar a los analfabetos a aprender a leer y a escribir, el inspector concertó con el Presidente Municipal un acuerdo: “cada analfabeto faltista tenía que pagar una multa de quince pesos, la mitad para obras sociales de la Presidencia Municipal y la otra mitad para la Inspección escolar”. Esto parecía justo pues además de obligar a los analfabetos a asistir a clase, lo recuperado se emplearía útilmente en la presidencia municipal y el inspector compraría máquinas de escribir, mimeógrafos, butacas para la sala de juntas, etc. compra que nunca aconteció.
De este modo el corredor de la Inspección se llenaba los días sábado desde el amanecer con gente de todas las comunidades de la zona escolar y la aglomeración crecía en la medida que aumentaba la luz del día.
Puntualmente a las ocho de la mañana “Chinicuas” tomaba su primera lista:
---Andrés Miguel, de San Pedro del Rosal
Los aglomerados en la puerta pasaban la voz y Andrés Miguel se abría paso hasta encontrar la puerta por la que pasaba con dificultad, se plantaba frente al Inspector sin decir palabra.
---¡Tú eres Andrés Miguel?
Sin hablar movía la cabeza afirmativamente.
---No has asistido a la escuela, decía el Inspector (Chinicuas para el indígena) y Andrés Miguel movía la cabeza negativamente.
---¡Tienes quince pesos de multa!
El indígena movía afirmativamente la cabeza y sacaba de entre sus ropas un trapo anudado que ponía sobre la mesa. El Inspector (Chinicuas para el indígena) desataba con una mueca de asco el trapo sucio y extendía sobre el escritorio las monedas que contenía, desde un centavo, de a dos, de a cinco o de a diez; una que otra de a cincuenta centavos y algunas monedas de a peso.

El Inspector Felipe Jiménez (Chinicuas para el indígena) y también para nosotros, hacía pilas de monedas de a peso, devolvía el trapo sucio, tomaba una forma mimeografiada y la metía en la máquina de escribir, acomodaba la hoja para que las letras que escribiera coincidieran con el texto y anotaba el nombre de Andrés Miguel, anotaba la fecha, sacaba la hoja dando vuelta rápidamente al rodillo de la máquina, firmaba y sellaba la hoja pues los demás datos ya estaban impresos. El Inspector se ponía de pié y entregaba por quince pesos una constancia de que Andrés Miguel “estaba alfabetizado”, aunque no había podido articular una sola palabra en español y por supuesto tampoco habría podido escribir su nombre, pues este indígena sabía empuñar adecuadamente un azadón, una pala o una mancera de arado pero nunca había tenido un lápiz en la mano.

Salía Andrés Miguel y el Inspector “Chinicuas” gritaba el siguiente nombre de la lista:
---¡Pablo de Jesús, de San Pedro del Rosal ¡ y las personas aglomeradas en la puerta repetían el nombre hasta que a empujones entraba.
---¿Tú eres Pablo de Jesús?
---sí siñor
---No has asistido a la escuela.
---No siñor, mi familia ha estado muy enferma y no he podido ir.
---Tienes una multa de quince pesos, ¿los trajiste?
---No siñor, estoy probe y mi familia está muy enferma. No tengo dinero.
---¡Que pase el policía ! Indicaba el Inspector “Chinicuas” y los de la puerta repetían para que el policía se abriera paso hasta el interior.
Entraba a la Inspección el uniformado, se colocaba frente al escritorio y con la mano derecha levantada a la altura de la frente, con actitud militar gritaba:
---¡Asss…órdenes!
---¡Lleve este hombre a la cárcel! ordenaba “Chinicuas”.
---¡Sí señor! Contestaba el policía y tomaba del brazo a Pablo de Jesús para llevarlo a la cárcel municipal.

Desde este momento Pablo de Jesús afrontaba un difícil problema.
Entrar a la cárcel en día sábado significaba pasar el día sin comer, por la noche dormir en el suelo o en las camas de cemento, tenía que sufrir el frío de la madrugada y hasta el domingo temprano, avisada la familia por sus vecinos, le llegaba su cobija y el itacate consistente en tortillas con chile y un jarro con pulque (prohibido por ser una bebida embriagante), mas para que lo dejaran pasar había que pagar porque Pablo de Jesús no bebía agua con su taco, solamente pulque.

Pablo de Jesús pasaba el domingo con la familia cerca, lo cual le daba ánimo; al atardecer se despedían sus familiares y en lengua mazahua le aseguraban que a la mañana siguiente trerían los quince pesos de la multa para que lo dejaran libre.

La noche del domingo había dormido mejor con la cobija que le trajeron, pero a las seis de la mañana, lo levantaron los policías junto con los demás presos por delitos menores, les pusieron una escoba de vara en las manos y los sacaron a la plaza para que barrieran la basura y los desperdicios dejados por los comerciantes que hacían tianguis el día anterior, terminado el trabajo forzado tenían que volver a la cárcel hasta que la familia depositaba en la tesorería la multa, obtenía la orden de libertad y Pablo de Jesús salía libre.

Esta historia singular se multiplicaba al principio de cada mes en que el Inspector Felipe Jiménez recibía las listas de analfabetos de todas las comunidades de la zona y los enlistados salían de la Inspección escolar o con una constancia de “alfabetizado” o a la cárcel sábado, domingo y lunes en las condiciones descritas y fueron muchos, pero muchos los indígenas y campesinos que tuvieron que llegar frente al escritorio de “Chinicuas” a dejar sus quince pesos para obtener su constancia de alfabetizado o a la cárcel del municipio.

Lo paradógico fue que entre los municipios abanderados por haber liquidado el analfabetismo estuvo Atlacomulco, los analfabetas al costo de quince pesos habían pasado de la lista de analfabetos a la de alfabetizados bajo la firma de “Chinicuas”, es decir de Felipe Jiménez, así a secas pues recordemos que carece de apellido materno.

Y preguntará quien esto lea si hubo alguna voz que denunciara estos hechos que son muy graves; claro que las hubo, entre otras la mía, pues me encargué de reunir “constancias de alfabetizados por quince pesos”, con la firma y sello de Felipe Jiménez; testimonios de maestros a quienes había despojado de sus salarios jugándoles “el volado” ; testimonios de maestras acosadas sexualmente , incluí una nota firmada en la que me ordenaba en mi calidad de Director de la Escuela Primaria “Rafael Fabila” efectuar exámenes a Título de Suficiencia a dos señoritas y que las aprobara. Cuando me negué a cumplir sus órdenes, pues el reglamento establece un procedimiento en el que no tenía parte el Inspector, muy molesto porque el oficio de respuesta tenía copia para el Director de Educación, me dijo que con mi negativa “habíamos” perdido una buena suma de dinero.

Ese fin de de año habilitamos en la Escuela Primaria Federal “Rafael Fabila” un salón de máquinas de escribir a fin de dar asesoría para que los maestros rurales hicieran su documentación de fin de año sin errores, de manera que el Inspector no tuviera pretexto para obligarlos a nada. Flaco debe haber sido el ingreso de “Chinicuas” en esta ocasión.

El expediente con los documentos de todas las tropelías e infamias de “Chinicuas” lo entregué en las propias manos del señor Profesor Don Fernando Gamboa Berzunza, Director Federal de Educación quien lo revisó cuidadosamente y al final me dijo: Son cargos que pueden comprobarse y sería motivo no solamente del ”cese” sino de una consignación penal…pero se trata de un maestro.

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